Unicentralistas llevan el cine a comunidades de Cartagena
Estudiantes participaron en una experiencia de formación que convirtió el cine en una herramienta para crear, expresarse y reflexionar sobre el entorno.
"El cine empezó como un juego" y "Ver, sentir, pensar y expresar: taller de crítica cinematográfica" fueron las propuestas de taller desarrolladas por los estudiantes Jéssica Santacruz, Sebastián Botero y David Vallejo, del programa de Cine de la Universidad Central, con niños y adolescentes de comunidades en situación de vulnerabilidad de Cartagena. Los espacios combinaron creación audiovisual, crítica cinematográfica y expresión artística para acercar el cine a distintos territorios y reconocer las experiencias de sus habitantes.
Estas mediaciones culturales fueron posibles gracias a la relación construida entre el Festival Internacional de Cine de la Universidad Central (FICUC) y el Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI). Durante nueve años, el festival universitario ha impulsado espacios de formación en distintos lugares del país, experiencia que abrió camino para articular estas metodologías pedagógicas comunitarias en "Cine en los barrios", iniciativa del FICCI orientada a democratizar el acceso al cine mediante actividades educativas, artísticas y culturales en sectores populares.
El cine para la exploración comunitaria
Durante una semana, los unicentralistas plantearon distintos ejercicios de creación para que los asistentes pudieran plasmar sus experiencias, pensamientos y visiones sobre su realidad. Por ejemplo, Jéssica Santacruz, mediadora del taller "El cine empezó como un juego", acompañó la producción de distintos cortometrajes de niños de entre 6 y 10 años y realizó tres productos audiovisuales hechos entre la comunidad del barrio Torices.
Jéssica explica que, más que enseñar técnica cinematográfica desde una lógica tradicional, el taller abrió un espacio creativo donde el cine funcionara como juego, exploración y expresión colectiva: “entendimos que el juego también es una herramienta de conocimiento. El taller no lo vivimos como algo rígido, sino como un espacio abierto para experimentar, equivocarse, reír y crear juntos”, afirma.
La metodología permitió que cada participante construyera colectivamente una historia conectada con su entorno. Con celulares, objetos traídos desde sus casas y escenarios del barrio, los niños grabaron piezas audiovisuales que luego fueron proyectadas ante sus familias y vecinos.
De acuerdo con Santacruz, esto fue un momento enriquecedor para su proceso formativo, porque le permitió reconocer que el cine se construye conjuntamente y desde diferentes puntos de vista. De otro lado, le demostró que es posible generar una incidencia en las poblaciones para que comprendan que “sus historias también valen, cuentan y que saber cómo narrarlas les da la oportunidad de ser protagonistas de las realidades de sus barrios, no actores pasivos”, expresa.
Este espacio de aprendizaje mutuo tuvo participación de las asociaciones en pro del desarrollo social y construcción de paz Santa Rita para la Educación y Promoción (Funsarep) y Narrarte, talleristas locales y madres gestoras de comunidades populares de Cartagena. Según Santacruz, contar con un grupo tan diverso permitió una integración más natural con el entorno, gracias a que se entendía desde el principio las costumbres y hubo una adaptación hacia el contexto donde se desarrolló la actividad.
La crítica cinematográfica como un elemento vivo
Cuando se piensa en crítica cinematográfica, normalmente se cree que únicamente una fuente de autoridad puede hacerla, pero los unicentralistas Sebastián Botero y David Vallejo fueron al contracorriente de esta idea. Su taller transformó la crítica cinematográfica en una conversación abierta, sensible y cercana.
“En lo que queríamos enfocar era hacer crítica desde un lugar no convencional. Nosotros creemos que la crítica cinematográfica es un lugar donde uno expresa lo que vio, lo que sintió y lo que pensó durante la película y esas sensaciones se pueden mostrar en múltiples formatos”, explicó Botero.
Con ejercicios de opinión, los estudiantes expandieron el concepto de crítica cinematográfica hacia la pintura, el dibujo, el performance y otros elementos artísticos. Más que enseñar a analizar cine desde la teoría, el taller permitió que niños y adolescentes encontraran maneras propias de relacionarse con las imágenes, narrarlas y devolverles significado desde su experiencia cotidiana.
Según señaló Vallejo, fue un proceso pedagógico exitoso, ya que, “hubo un acercamiento muy grande hacia el cine, pues los niños se pudieron ver en estas historias y conectaron bastante. Logramos captar su atención con los cortometrajes y también con el tema de la creación artística”.
Sin lugar a duda, los talleres "El cine empezó como un juego" y "Ver, sentir, pensar y expresar: taller de crítica cinematográfica" entendieron que el séptimo arte trasciende la imagen y la producción: fueron espacios para propiciar el encuentro y la creación compartida. Lo que comenzó como una serie de capacitaciones terminó siendo una experiencia en el que los niños encontraron una manera de contar sus historias, mientras los estudiantes reafirmaron que el cine también puede ser escucha y transformación social.
La Universidad Central fortalece procesos de formación que integran creación, pensamiento crítico y compromiso social, llevando el conocimiento más allá del aula y propiciando encuentros donde el arte dialoga con las realidades del país.
Lina María González

