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Lizzeth, la mujer que no se detiene

Lizzeth, estudiante del programa de Matemáticas, nos cuenta cómo el sueño de estudiar se ha vuelto realidad después de muchas batallas internas y externas.

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Esta historia comienza en el instante en que Jessica Lizzeth Santos decide contarnos un relato inspirador. En el momento en que revive todo aquello que ha tenido que atravesar como mujer, hija, madre y estudiante para fortalecerse y cumplir con lo que desea. Una joven que se ha reinventado y quien ahora sueña con ayudar a otras personas.

Estudiar, lo imposible

Lo primero que noto al conocer a Lizzeth son unos ojos brillantes y una sonrisa reluciente. Nos sentamos a conversar en una tarde de sol en la que nos sentimos en confianza para atender con mucha atención su relato junto a Mariana Campos, asesora del programa de Matemáticas. Empezamos una conversación que permeó las barreras del tiempo porque escucharla significó no solo ponernos en su lugar, sino reflexionar sobre nuestra situación como mujeres y como país: sus palabras apuntaban a conocer aspectos de nuestra sociedad que muchas veces no conocemos y otros de los que nos sentimos tan orgullosos. Fue, en últimas, también una oportunidad que evocó muchas de las esperanzas y logros de una joven madre en medio de las dificultades que ha tenido que sortear.

Lizzeth vive en el barrio Sierra Morena, en la localidad de Usme junto a su hijo, Alex Santiago Triana Santos, de cinco años, el ser que la inspira cada día y que para ella es su amor más inconmensurable. Tiene nueve hermanos y ha vivido en medio de la escasez económica y, también, en algo de mejor suerte por algún tiempo, lo que le ha dado la sencillez y madurez con la que sostiene un discurso ameno y tranquilo.

Tal vez la palabra “universidad” no haría parte de sus expresiones actuales si un día, a sus siete años, su papá no le hubiera dirigido un par de palabras que la cautivaron en su niñez soñadora: le habló en lenguaje matemático, le explicó en qué consistía un centímetro cúbico y para ella esto fue revelador. La forma en que su padre le explicaba operaciones matemáticas fue para ella un universo mágico que la hizo desenvolverse muy bien en esta área durante sus estudios secundarios:

“Él fue mi mejor maestro en matemáticas. Era un hombre empírico al que le gustaba leer. Siempre me inculcó el amor por ellas y cuando salí del colegio las tenía en mi alma”, afrima.

A pesar de la muerte temprana de su padre, Lizzeth lo recuerda con un gran brillo en su mirada, pues el amor que le compartió en sus primeros años de vida la dejó marcada para siempre. Fue su mentor en el amor por los números y los cálculos numéricos.

Inicio universitario

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Para Lizzeth la idea de estudiar el arte de Pitágoras fue incrementando a medida que fue creciendo. Empezó a convertirse en su meta más anhelada, debido a que su amor por ser profesional cada día era más grande. Con todo, estudiar no era algo que en su contexto pensara que fuera posible, pues sus amigos, en su mayoría, no tuvieron esa oportunidad. Sin embargo, dando salto a cualquier pronóstico, un día logró conseguir el dinero para matricularse en el programa de Matemáticas y acceder a un crédito ofrecido por la U. Central.

Con la posibilidad de financiación y la idea de lograr su sueño, Lizzeth comenzó un primer semestre lleno de muchos retos, pues tenía a su hijito de un año y la necesidad de trabajar para reunir el dinero necesario para seguir estudiando. Fue así como su rutina empezaba a las cinco de la mañana con el fin de poder llegar a clase a las siete. Luego, salía a la una de la tarde y se iba directo a vender dulces en los buses -labor nada fácil- y, después, recogía a su bebé en la noche, lo terminaba de cuidar, hacía labores del hogar y, a su vez, se dedicaba a hacer sus trabajos de la universidad hasta entrada la madrugada.

Este ritmo tan pesado hacía que Lizzeth llegara somnolienta a las clases y no pudiera rendir tanto en el estudio. Esta situación le hizo volver a pensar en que estudiar tal vez no era lo que a ella le pertenecía. Pensó en desistir. No obstante, aparecieron ángeles que la animaron a continuar, como la voz de un profesor y la de su mejor amigo de la Universidad, con quienes tuvo la idea de tramitar el beneficio de la media beca y una ayuda externa, con las que logró continuar sus estudios.

Además, se le ocurrió emprender y empezó a hacer ropa. Lizzeth comenzó a dirigir una pequeña empresa de producción de leggins y buzos infantiles llamada Línea. Después de mucho esfuerzo, su estabilidad económica comenzó a mejorar. No obstante, la vida tenía preparados para ella nuevos retos que no esperaba que pudiera sobrellevar. Una experiencia cercana a la muerte marcó su destino para siempre.

 

Un instante cambia la vida

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Imagen: Freepik

 

Lizzeth estaba en sexto semestre y había logrado en ese momento sortear muchas dificultades como madre cabeza de familia, emprendedora y estudiante. Luego de trabajar muy duro en su empresa para la temporada de final de año, decidió realizar un viaje en moto con familiares y amigos desde Bogotá, con el propósito de llegar al Carnaval de Negros y Blancos en Pasto. En la primera parte de su recorrido de Bogotá hacia el Valle de Cauca, conoció lugares maravillosos con los que guardó el recuerdo de gratas experiencias.

La segunda parte del recorrido marcaba la ruta desde Cali hacía Pasto. En ese momento, Lizzeth tuvo una corazonada por querer volver a Bogotá, pues quería retornar a su trabajo y estar en el cumpleaños de su hijo que se aproximaba. Sin embargo, la presión del grupo por continuar la aventura la hizo desistir del retorno. Ella accedió a seguir la ruta y fue así como se encontró con los designios de un destino que al día de hoy cuesta imaginar y entender.

En un solo instante se sumaron varios factores que cambiaron el rumbo de su vida: el cansancio, la inexperiencia en carretera, un hueco enorme, una mula por fuera de su carril en sentido contrario y una curva muy cerrada. El resultado: un accidente que la dejó en coma inducido durante tres días, después de procesos de reanimación y tres transfusiones de sangre. Al despertar, la incomparable verdad de verse sin una de sus extremidades, como decisión médica para poder salvar su vida, la impactó sobremanera y, a la vez, le dio la conciencia de que continuaba con vida a manera de milagro, con pleno uso de razón y sin daños neuronales comprometedores.

El regreso a una nueva vida

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Imagen de archivo personal de Lizzeth.

 

Es posible pensar que después de este episodio, Lizzeth habría guardado un gran tiempo de reposo, pero no fue así. Después de que despertó, pasó dos días más en el hospital y decidió viajar a Bogotá para el cumpleaños de su hijito.

“Al día siguiente tomé un vuelo para Bogotá. No podía esperar más para verlo después de pensar que no lo iba a volver a ver nunca. Cuando lo vi, no aguanté las ganas de llorar. Pensar que casi no lo vuelvo a ver… Yo misma le preparé su fiesta y él estuvo muy feliz. Él ni se fijó en la pierna, simplemente me vio tal cual soy. Él no vio nada grave, ni del otro mundo, con mi cambio físico. Me sentí por primera vez incluida”

Luego de la celebración, volver a la universidad ha sido terapéutico para Lizzeth, pues quedarse en casa hubiera sido triste para ella: “Mi decisión fue que no iba a dejar mis estudios. Pensé en todo lo que había luchado para entrar a la universidad, para que me dieran la media beca, todo lo que hice para mantenerme”. Su nueva condición no ha sido ningún impedimento para lograr llegar a clase cada día. Estuvo un tiempo yendo en muletas, con grandes esfuerzos de movilidad, antes de que le entregaran su nueva prótesis.

Aunque su adaptación no ha sido fácil, su cuerpo ha respondido relativamente rápido a la recuperación. Afirma que todavía se encuentra en un proceso de recuperación emocional y gracias a los docentes, compañeros y grupos de apoyo, se ha sentido rodeada y en un lugar seguro para continuar con sus estudios.

 

Un presente que sueña

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 Lizzeth Santos y Mariana Campos, asesora del programa de Matemáticas de la U.Central.

 

El deseo más profundo de Lizzeth es tener una fundación que ayude a otras mujeres, en especial a las madres cabezas de familia o a aquellas que son víctimas de violencia de género. Para ella es importante que otras tengan la oportunidad de estudiar: “empoderarnos y ayudarnos entre nosotras; no depender económicamente de una figura masculina y estudiar para cambiar nuestras mentes, eso quiero”.

Verla llegar a la universidad es conocer a una mujer empoderada. Su mirada alta y porte estilizado muestra una proyección de alguien que va a realizar grandes metas. “No parar”, podría ser la frase que encierra toda esta historia, porque Lizzeth nunca se ha detenido para dejar de soñar, trabajar y esforzarse por lo que quiere. Ha salido adelante a pesar de muchas críticas, vulneraciones y retos personales, de voces negativas externas e internas. Sabe que en su barrio es la única joven que asiste a una universidad, como reflejo de una sociedad en la que las mujeres todavía tienen muchos derechos negados. “No parar” significa que ella sigue caminando, más allá de lo que físicamente diga su cuerpo; su mente y alma dan pasos agigantados hacia grandes proyecciones no solo para su vida, sino para otras mujeres que como ella un día pensaron que su futuro podría ser diferente.

Aura Catherine Carvajal Jojoa
Máster Com
Bogotá, D. C., 16 de diciembre de 2022
Imágenes: Máster Central, archivo personal de Lizzeth Campos y Freepik
 
Última actualización: 2022-12-16 13:33