¿Qué ha de ocurrir en la vida de un hombre para que se decida a recomponer el silencio? Algo se ha roto y sus pedazos causan heridas. Es momento de que la memoria realice el trabajo nada envidiable de recuperar lo que el olvido tomó para sí. Sin
embargo, Presencias del instante y la memoria de Orizon Perdomo no es
el esfuerzo desesperado de un hombre por aferrarse a sus recuerdos. Es
más bien un intento por abjurar de la muerte y sus vestigios. Pues
si bien las palabras son un tributo póstumo a lo ya vivido, al
mismo tiempo ellas habitan al hombre y sus rincones de paso. Crujen con
la madera, son devoradas con el pan, bebidas en vino. Al convocarlas,
su conjugación se hace difícil. Por desgracia o no, ha debido
el poeta cuestionarse su presencia, interrogarlas, conservar lo que ellas
aún pueden decir desde su ausencia.
Entre las heridas restañan momentos de una soledad habitada por las imágenes de Fernando Pessoa avistando caminos para exaltar su gran vicio: El de la imaginería/Para inventar poetas/Y destruirte a ti mismo; de Cavafis y su mísero cuartel de huesos y órganos, Donde amó siempre/Sin saber nunca/Si fue amado; del volcánico Lowry con su Enamorada vida tormentosa/Complaciente/Y desatenta; y de Julio Cortázar que anda por ahí lento y transparente/Jugando a la vida/Y a cosas olvidadadas. Poco a poco, casi sin pretenderlo, va reconstruyéndose el silencio, cobra forma de ojos atentos que desean mirarse en otro par de ojos, cómplices por compartir un solo olfato, una sola boca carnosa y una caricia enarbolada en andróginos pechos. El instante ya no responde sólo a un nombre, a una presencia desnuda de artificios. Ahora conjuga la imposibilidad de expresar el dolor por la muerte de quienes se negaron a pensar que “Afuera todo sigue padeciendo desesperadamente sin sentido”, del alto precio que debe pagar el poeta para componer un “Tango para piano y ausencia”.
Presencias del instante y la memoria es- haciendo honor al silencio - el enfrentamiento de un hombre con su condición solitaria, un intento por reconstruir el mapa de presencias e instantes que hacen posible vivir. Con cada evocación y sentencia nos recuerda que “estamos hechos de tal manera” que somos materia de la ternura y la brutalidad. Que nunca es tarde para interrogarnos sobre nuestro lugar en el mundo. “¿De qué mentira viviremos hoy?, ¿Qué palabra sincera, como tierna caricia, dará plenitud a este cuerpo que ahora no es otra cosa que un dolido alfabeto, un triste silabario?” Andrés
Castellanos Melo.
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