Esta
política se asume al reconocer,
de una parte, el papel y las posibilidades
transformadoras de las ciencias y, de
otra, la precariedad de los recursos
–económicos, humanos, académicos,
institucionales– para su desarrollo
y, en consecuencia, la necesidad de
potenciar aquellos escasos con los cuales
se pueda contar. Se entiende como integración
e interacción con lo social,
lo que lleva a pensar en un proyecto
colectivo de construcción de
la sociedad deseada en donde los diferentes
actores que la componen, desde sus particularidades,
aportan a su realización. La
universidad es un actor clave para tal
tarea.
Desde
esta óptica, a esta institución
no sólo le interesará
el qué conocer, y el cómo
conocer, sino también, el para
qué conocer.