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Nelson Cortés en la cima del Denali, la montaña más fría del mundo

Con un equipaje en el que no dejó espacio para los miedos ni las preocupaciones, Nelson, del Dpto. de Tecnología Informática, escaló por 20 días hasta alcanzar la cumbre.

Nelson Cortes, escalando el monte Denali.

 

En el centro-sur del estado de Alaska (EE. UU.), con una altitud de 6.190 metros sobre el nivel del mar (msnm), se encuentra el Denali, la montaña más alta de Norteamérica y una de las siete cumbres más altas de los cinco continentes. Es considerada por muchos alpinistas como una de las montañas más fascinantes y completas. Escalarla requiere un gran esfuerzo físico. La travesía es complicada, pero bellísima.

El nombre Denali significa “el grande” en lenguas atabascanas. Para llegar a la cima hay que superar un desnivel de unos 4.000 metros (m) desde el campo base y a su complejidad se suma que es la montaña más fría del mundo, las bajas temperaturas pueden llegar a menos 55 grados centígrados (°C) por la cercanía del pico al círculo polar ártico.

Todo esto atrajo el interés de Nelson Cortés, funcionario de la UC, un apasionado por el montañismo que, en 2016, también llevó la bandera de la Universidad hasta la cumbre del Aconcagua, la montaña más alta de América. Desde entonces, el Denali se convirtió en su próximo objetivo, pero, además, tomó una decisión que aumentó la dificultad de esta experiencia: escalar en solitario.

En Colombia, había escalado en solitario un par de veces el nevado del Tolima, sin embargo, esto era cuestión de 3 o 4 días. Escalar el Denali, en cambio, podía tomarle más de 15 días, —eso si se cuenta con un clima favorable—.

Para esto debía solicitar los permisos correspondientes al Parque Nacional y Reserva Denali, allí los guardaparques —también llamados rangers— evalúan la autosuficiencia que tiene la persona para desenvolverse en la montaña y deciden si la puede escalar en solitario o no; también, le advierten sobre los peligros que allí puede encontrar: congelamiento, intoxicaciones, avalanchas, caídas al abismo o en grietas e, incluso, fallecimiento.

Según explica Nelson, la parte más difícil de escalar en solitario es la seguridad, “pues si algo pasa no hay nadie para ayudar y sería necesario tener un radio para comunicarse con los rangers y solicitar un rescate”.

 

Montaña Denali
El Denali tiene aproximadamente 1,518,768 km² de extensión.

 

Para muchos puede parecer descabellado aventurarse a escalar esta montaña sin más compañía que sí mismo, pero él no quería posponer su sueño, sentía que estaba en un buen estado físico, solo le faltaba la parte más difícil: prepararse mentalmente.

“Revisé dentro de mí y sabía que estaba en la capacidad de hacer esa montaña, ya me había preparado y leído lo necesario. Decidí no volver a contarle a nadie que iba a ir en solitario, pues apenas le comenté a uno de mis amigos sobre esta travesía me dijo que estaba loco, que cómo se me ocurría, la dificultad, el peligro de la montaña, que desistiera, etc.”.

En efecto, nadie supo que iba a ir solo a escalar por una razón muy importante: no podía cargar con su equipaje y las preocupaciones de los demás. Solo le contó a un amigo de escalada, dándole información sobre números de contactos, hoteles e itinerarios de sus vuelos programados, solo si fuesen necesarios por alguna eventualidad.

Inicia la travesía

Decidió escalar en junio, justo al inicio del verano, para evitar el aumento de temperatura que puede romper los puentes de hielo y dejar expuestas grietas que ocasionan accidentes.

Duró dos días viajando desde Bogotá hasta la ciudad de Anchorage (Alaska), desde allí tomó un tren y luego de cuatro horas llegó a Talkeetna, un pequeño pueblo, pero muy turístico, en el que se adelanta toda la operación para entrar a la montaña. Compró comida necesaria para 25 días, la mayoría liviana, fácil de cocinar en una estufa pequeña, muchos carbohidratos, chocolates, frutas, proteínas y alimentos liofilizados o deshidratados que solo requieren agua para su preparación.

Su equipaje, que pesaba más de 60 kilos, incluía un morral y un petate con el equipo técnico de escalada, en el que nunca pueden faltar las banderas de Colombia y de la Universidad Central, incluso en su casco luce una calcomanía de la Institución.

 

Campamento en el monte Denali.

 

Luego de un viaje de 35 minutos en una avioneta mono motor con esquíes, entró a la montaña y aterrizó sobre el glacial en el campamento base. Desde la llegada no volvió a pisar rocas, solo hielo o nieve.

En total son seis campamentos; todos requieren caminar largas distancias pero el tránsito entre el tercero y la cumbre exige pasos técnicos: utilizar piolets, equipo de seguridad y hacer uso de todos los conocimientos aprendidos en experiencias previas.

“Recuerdo que la temperatura llegaba a -40°C. Estando en el campamento base, me di cuenta de que mi radio no funcionaba y este era el único medio que tenía para comunicarme con los guardaparques ante cualquier emergencia; vital para mí, porque estaba solo”, expresa.

Por fortuna, logró solicitar un nuevo radio que le fue entregado a domicilio el día siguiente, y las 6:00 p.m. emprendió su salida hacia el primer campamento. Decide escalar en la madrugada porque los vientos son más fríos y hacen que los puentes de hielo sobre las grietas sean más resistentes.

Luego de ocho horas de camino, llega al campamento número uno. Los primeros días era fácil cocinar y alimentarse: había tocino, huevos, salchichas, y derretía nieve para obtener agua y beber algún hidratante.

Durante su camino al segundo campamento empezó a caer un poco de nieve, pero eso no impidió que hiciera un par de paradas para divisar el paisaje que concedían las montañas de Alaska, sumergirse y sentirse parte de él.

“Es fascinante encontrarse solo entre las montañas, sentirse tan pequeño en medio de la inmensidad”.

Para esa época del año no oscurece en el extremo noroeste de Norteamérica —el momento con menos luz se asimilaba a las 5:30 p. m. en Bogotá—, lo que afectaba las horas de sueño. Por esta razón, era necesario cubrir los ojos para dormir y manejar correctamente los ciclos de descanso, según los lapsos en los que se tenga programado escalar.

De ahí en adelante el recorrido incluye rampas, una tras otra, entre campamentos la altitud aumenta hasta 1.000 metros. Avanzar en los desniveles se volvía más complicado porque Nelson debía arrastrar un trineo en el que cargaba la mayoría de su equipo. Para ubicarse y estimar la distancia entre los campamentos utilizaba un mapa, y, con la ayuda un reloj y un GPS, calculaba distancia, tiempo y altimetría.

“Eran alrededor de las 2:00 a.m., mi trineo estaba muy pesado, así que decidí enterrar el equipo y la comida para ir más liviano”. Entre una dura nevada y fuertes vientos llega al campamento dos, arma su carpa y descansa lo suficiente. Al día siguiente desciende a sacar los implementos que había dejado entre la nieve para cocinar y alimentarse.

Desistir o morir

Acomodar la carpa en el campamento requiere usar una pala para despejar y aplanar el espacio, además de crear una especie de muro de nieve alrededor que ayude a detener el fuerte viento. Una vez se acomoda clava sus banderas, sin embargo, aquella noche las corrientes eran tan fuertes que arrancaron la bandera de Colombia, la cual lo había acompañado en más de 15 cumbres; solo la de la Universidad Central permaneció intacta entre el glacial.

 

Nelson Cortes, escalando el monte Denali.

 

El mal clima lo obligó a permanecer allí más de lo previsto. Al tercer día, la nieve empezó a subir mucho más rápido y era necesario salir con frecuencia de la carpa —cada 3 horas— para retirarla de alrededor. Dos días después, aún en el mismo campamento, despertó a las 7:30 a. m., intenta girar en su sleeping y descubre que su lado izquierdo está aprisionado, con su mano siente que la nieve cubría la carpa, solo quedaba libre una parte del techo y era imposible abrir la entrada.

Contempló tres opciones: romper el techo de la carpa, abrir las cremalleras lo que más se pudiera y entrar toda la nieve o llamar a los guardaparques para que lo ayudaran, es decir: solicitar un rescate.

Aunque gritó en repetidas ocasiones para que alguien se acercara a ayudarlo, estos esfuerzos resultaron inútiles, los vientos eran tan fuertes que nadie lo escuchó. En ese momento le preocupaba que el rescate implicara la salida de la montaña. Aún quedaba mucho tramo por escalar. Sin embargo, le dio prioridad a su bienestar y se comunicó con los guardaparques, quienes utilizaron palas para retirar la nieve y liberarlo.

Trasladaron su campamento a una ubicación más segura y le advirtieron que su carpa no era lo suficientemente técnica para estar en la montaña. Aun así, permitieron que continuara la travesía bajo su responsabilidad.

“Me informaron que la tormenta duraría dos días más. Luego de pasar tantos días solo, era necesario tener un control mental adecuado para no deprimirse. Esta fue de las cosas más difíciles que asumí”, resaltó.

Luego, el clima se despejó e inició su caminata. Desde el campamento tres disminuyen las grietas y los puentes que deben cruzarse, pero inicia la escalada técnica: recorridos de varias horas, escalando una pared de 180 metros de altura con cuerdas fijas, zapatos con crampones para adherirse con mayor firmeza sobre el hielo que cubre la nieve, piolets y un puño bloqueador para ascensos, todas estas medidas necesarias para quien se arriesga a escalar el Denali, ya que es una de las montañas con mayor índice de mortalidad en el mundo.

En aquella altura podía apreciar el atardecer y el amanecer en una hora. La vista era tan fascinante como retadora, una caída de 800 metros a la izquierda y una de 600 metros a la derecha requerían pasos certeros, seguros y osados.

“Había sobrepasado todas las montañas de Alaska, solo me falta el Denali”, agregó.

En el campamento cuatro, al sacar la comida del morral, veía que estaba completamente congelada, de hecho, todo lo que se dejara fuera de su sleeping estaba helado y tieso; alimentarse era cada vez más difícil y el frío más intenso. Permaneció allí por tres días, a 5.200 msnm, al día siguiente una ventana de buen clima se abrió, alistó su equipo y emprendió su camino; en su recorrido mira alrededor y percibe que es la primera persona que después de cinco días está entrando a la cumbre.

No había rastro de ninguna huella de los últimos montañistas que habían llegado a la cima, por lo que no tenía una guía en el camino para seguir, quedaban banderines dejados por los guardaparques y otras expediciones para ubicarse al regreso. El cansancio predominaba, pero la emoción lo impulsaba a caminar.

Luego de 17 días, llega a la cumbre y observa el puntillón que contiene las coordenadas del punto más alto del Denali. Inmortaliza el momento en una fotografía en la que ondea entre sus manos la bandera de la UC; esta sería una de las últimas capturas antes de que el frío estropeara el funcionamiento de la cámara.

 

Nelson Cortes, en la cima del Denali.

 

En total, permaneció media hora en la cumbre, el esfuerzo de tantos días se resumía en unos pocos minutos sobre el punto más alto de Norteamérica. Para Nelson esto no debe considerarse una hazaña de pocos, cualquier persona, con pasión y ganas puede escalar hasta un punto cada vez más alto.

Al siguiente día, después de descansar de su ida a la cumbre que tardó casi 12 horas, iniciaría el descenso que, lejos de ser la parte más fácil, lo obligó a mantener la calma al ver los pequeños pasos entre los abismos ya que la inclinación del cuerpo cambiaba la perspectiva. En este recorrido desenterró su trineo y los demás elementos que había dejado por los campamentos para agilizar la subida.

Tardó tres días para salir de la montaña, en el campamento base esperó de nuevo a ser recogido por una avioneta, sin embargo, una vez más el clima se encargó de retrasar sus planes; el cielo estaba tan cerrado que era imposible conseguir un buen aterrizaje sobre el glaciar.

Al día siguiente, en un instante en el que la nieve pareció dar tregua, tuvo cinco minutos para alistar su equipaje y ser recogido por una avioneta. Ya en tierra descansó. “Comí una hamburguesa de carne de alce para recuperar un poco de los ocho kilos que había perdido, me comuniqué con mi familia, entre lágrimas de felicidad y les confesé que permanecí solo en la inmensidad”.

“Valió la pena, es la montaña más bella que haya hecho, me ha enseñado a tener mi propio equilibrio y control en la escalada, pero también aprendí a manejar el miedo a la soledad”, les dijo.

Vanessa Cardona Pérez
Coordinación de Comunicaciones
Bogotá, D. C., 20 de noviembre de 2018
Imágenes: cortesía Nelson Cortés
Última actualización: 2018-12-06 16:31